166 – Antes de salir de casa acuérdate de cepillarte la campanilla hasta vomitar

Uno, se acostumbra a cortarse las uñas,
recortarse el vello y escarbarse en el oído,
es sano, hay que hacerlo.

Más de uno (incluido el uno mismo), se acostumbran a mirar las uñas de otros,
medir los vellos ajenos y atisbar en sus oídos,
qué importante la salud, es indudable que hay que hacerlo.

Cada uno, saludables por supuesto,
se quieren, que no al otro, sino a su otro,
y se abrazan mientras temen al silencio.

Se quieren, que no a sí mismo, si no a su mismo,
y se separan, buscando a otro, o a un mismo, para poder olvidar el silencio.


Mario Martagón Conde

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165 – También es importante vocalizar en las manos

Para qué arañarme con mis uñas
si los surcos de mis dedos hacen más daño.
Destrozarme los párpados no ayuda,
compadecerlos menos.

Pobres, los párpados,
que aguantan lo que el ojo no puede aguantar.
Pobre la piel que se arruga,
quisiera plumas para tensarla, no para volar.

Pobre la palabra, que se arruga,
quisiera voz para volarla, no para hablar.


Mario Martagón Conde

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164 – Canto del ahorcao.

Al cantar, con la zoguita al cuello,
canta ahumada la garganta,
le aprietan to los recuerdos.

Y en su cabañita chica, tablón y cemento,
cantan ahogás las pestañas, la garganta y el remiendo.

Recorriendo paré y paré, por si se le clava alguna astilla,
las palmas: a golpe, la vida: tirita,
siguen ambas el ritmo que permiten las costillas.

Y en su pecho grande, tablón y cemento,
tartamudean las pestañas, la garganta y el remiendo.

La saliva agolpá, la simiente del labio abierto,
paraita espera que la traguen sin entierro;
secándose en la playa de un mar ya muerto.

Y en sus ojos, madre, tablón roto, aguao cemento,
resbalan las lágrimas y la vida.
Y el cuerpo: yerto.


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Si pones tu oreja contra la mía podrás escuchar al mar

Me duele cada gota de saliva de la garganta, me duele tragarla y me duele llorarla, pero ahí van, hacia abajo, tragando y bajando. Me duele que la pestaña aguante, tan menuda, y que filtre cada soslayo de lágrima que deja resbalar, porque no tiene otra opción, está ahí para eso.

Me gustaría salpicarme con mis propias lágrimas, que entrasen en mis ojos con fuerza, en vez de que saliesen, y que me escociera el llorar, no que me doliera, que me escociera, que me queme del todo, odio estar siempre a la brasa. Bórrame o déjame dibujar, estrangúlame o déjame respirar.

Al lado de las caracolas me desparramo en la orilla,
hay más tierra que agua, lo comprendo.
Al lado de mis orejas oigo el eco de la barca,
hay más tierra que agua… me arrepiento.


Mario Martagón Conde

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163 – El desenredo se puede disfrutar

A solas se asola por suelos solares,
ojos cubiertos, reflejos sin semblante
en los que te miras pero no te mira,
en los que te importas pero no le importa.


Dejadla hablar con sus durezas;
la lima reblandece, empereza.
No se ensucia al andar descalza,
sólo recoge diferentes trazas con las que se ensalza.


Que crezca todo lo que enreda,
reguémonos con lo que envenena.
Desentiéndete de lo que se pega
que al tirar sólo queda dolor y comodidad ajena.


Mario Martagón Conde

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Bruxismo, déjame a mí lo de masticar

Es que aprieta, me aprieta demasiado. Un tañido constante que me desestructura el pensamiento, me lo afea, procura establecer una distancia de seguridad que no asegura nada, me quiero contagiar del seso y de la amalgama de basura que se genera en mi farfullar. Y es diario, mi mandíbula, mi boca, se centran en recalentar mi cuerpo cuando la fregona que cuida de mi pensamiento no está activa, es un constante apretar que desborda, que me aprieta demasiado.

No sé cómo pedirle que pare, quiero masticar, no aprisionar a mi lengua en la letanía carcelaria que se conjunta en mi boca. Se encabezona mi mandíbula en intentar eliminar una caries que no habita en mis dientes, sino más arriba, en el pensar. Y no sé cómo hacerle entender que por frotar mis muelas y demás mártires de mi boca no va a conseguir nada más que reducirlos. Es triste que lo único que es capaz de hacer no sirva de nada, pero cuando la razón se duerme es cuando más se insiste en lo mecánico, y este no tiene muy en cuenta los resultados, sólo el trabajar.

Al final, me duele la cabeza.


Mario Martagón Conde

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162 – Frótame la herida intentando comprenderla

Así se me desbaraten las manos con las que escribo
que escribiré en vuestros rostros;
no los tocaré,
pero escribiré.

Así el meñique se me atrofie
buscando un acorde al que no llego con soltura,
que llegaré a la nota que te consterne,
la que nos sirva de cartílago.

Así tenga que usar mis mejillas como pinceles
y refregar mi sonrojo en vuestro lienzo.
A cabezazos os desentrañaré, borrones,
y con lágrimas os comprenderé, figuras.

Así como pudiese, supiese o cupiese,
os llenaré con mi querer,
y en él dejaré, si quisiese,
moretones que se comprendan al tocarlos, al dolerlos.

Mario Martagón Conde

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160 – Creo que me voy a rapar

Tanto estiércol alrededor
y no consigo ver más allá;
no me crezco.

La raíz se está atascando,
la uña me está hiriendo.
Las puntas se sacrifican,
lo llaman saneamiento.

Hay tanto olor en la flor
y a mí no se me escapa el aliento,
hay tanta mosca
y tanto tonto con el hocico abierto.

Al final, la peluca promete más picor que acogimiento.


Mario Martagón Conde

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Soy una mierda de artista, písame y derrapa

No quiero ser un artista serio, no quiero. Tanto formalizar arte lo deforma, crear tanta arista puede hacer que se te acabe clavando alguna en el ojo. No me apetece la desolación de quererse compacto en algo tan inmenso, es imposible. Teorizar va antes o después del sexo, durante le hace perder toda naturalidad. El artista es apetencia, si me angustia el proceso no lo voy a hacer, prefiero no hacerlo. Crear arte sobre sufrimiento libera, no duele, no te debe doler, entonces se convierte en simple vómito lleno de bilis.

No quiero medir ni que me midan, quiero sentir y que me sientan. La manera debe ser personal, propia. No voy a regurgitaros nada en vuestras gargantas para que sea sencillo y fácil de tragar, porque no sabrá a nada ni para vosotros ni para mí. Masticad, masticadme y sacad todo jugo posible, creced mordiendo, aletead en la caída y ya conseguiréis planear y volar, al menos intentadlo. Sólo os pido que no me obliguéis a llevar a nadie en mi vuelo, porque el peso me hará caer, y desde el suelo sólo hay grietas que me llevan a más grietas, y la grieta me oprime, me cierra, me coarta, me guía… y yo prefiero perderme.


Mario Martagón Conde.

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